Aprendí a coleccionar besos, sonrisas y promesas.

Aprendí a sonreír al después aunque mi antes guardara sutiles caricias de algunas manos. Aprendí que no siempre se crece en Do mayor, desde la solidez y la seguridad, pues las notas menores discrepan aquellos sonidos que todos obviamos, que rozan el agudo de nuestras vidas, que aunque duelan, contienen todo lo que por mal, tuvimos que aprender, aunque borraríamos esa sensación por siempre. Y a saltar oportunidades, para luego vender sueños al mejor postor.  Entregar sentimientos sin fecha de casualidad que colgar en los “por si-acaso” que persiguen el futuro menos lejano, el futuro deseado. Coleccionar besos, sonrisas y promesas que regaran el suelo que pisaba, para no tropezar jamás con la soledad o lo imposible.  Aprendí que no importaban mis principios, pues pocas personas derribaron todos mis muros para dejarme vulnerable, incapacitada y sin armas. Bendita sensación. Comencé tantas historias como espacio alcanzaba mi imaginación. Las retuve en la memoria, nunca suelo escatimar en espacio para recuerdos. Y me encontré colapsada por tanta vida que me faltaban miles de líneas para aclarar todas mis ideas.  He sido feliz hasta llorar, también he sentido la más profunda tristeza. Pero con cada caída me levanté, me hice más fuerte y aprendí que el nunca siempre esconde un siempre, y que el siempre se disuelve si no dejas de repetirlo nunca. Supuse entonces que era el momento de comenzar a aprender.   Y el tiempo se volvió más sabio, y aprendí a controlar las ganas de temblar producidas por solo dos palabras a media noche. Mantuve fija la mirada y el rumbo, las ganas, la esperanza y la conquista de mi corazón, el territorio más importante de mi vida.   Una vez mas, aprendí que toda felicidad es efímera a la vez que eterna y que no hay nada más increíble y que cause más vértigo que una mirada que te roza el alma. Que uno más uno da la suma del número par más perfecto que existe, pero que solo el uno, es rígido y valiente para mover montañas.   Decidí agarrar mis sueños y darles la libertad de una cometa. Sentir lo necesario y querer siempre a desmedida (siempre me gustaron los extremos) . Tracé los términos medios como territorio prohibido y dejé el miedo en la última noche que conseguí saber lo que significaba querer.   La primera persona del singular me llamó cobarde y entonces, la atrapé por siempre. Tres puntos suspensivos me persiguen continuamente. Dicen, que todo nace y muere en ellos, que la vida es aquella sonrisa que empieza y acaba por algo y alguien en estéreo.


Aprendí a sonreír al después aunque mi antes guardara sutiles caricias de algunas manos. Aprendí que no siempre se crece en Do mayor, desde la solidez y la seguridad, pues las notas menores discrepan aquellos sonidos que todos obviamos, que rozan el agudo de nuestras vidas, que aunque duelan, contienen todo lo que por mal, tuvimos que aprender, aunque borraríamos esa sensación por siempre. Y a saltar oportunidades, para luego vender sueños al mejor postor.

Entregar sentimientos sin fecha de casualidad que colgar en los “por si-acaso” que persiguen el futuro menos lejano, el futuro deseado. Coleccionar besos, sonrisas y promesas que regaran el suelo que pisaba, para no tropezar jamás con la soledad o lo imposible.

Aprendí que no importaban mis principios, pues pocas personas derribaron todos mis muros para dejarme vulnerable, incapacitada y sin armas. Bendita sensación. Comencé tantas historias como espacio alcanzaba mi imaginación. Las retuve en la memoria, nunca suelo escatimar en espacio para recuerdos. Y me encontré colapsada por tanta vida que me faltaban miles de líneas para aclarar todas mis ideas.

He sido feliz hasta llorar, también he sentido la más profunda tristeza. Pero con cada caída me levanté, me hice más fuerte y aprendí que el nunca siempre esconde un siempre, y que el siempre se disuelve si no dejas de repetirlo nunca. Supuse entonces que era el momento de comenzar a aprender.

 Y el tiempo se volvió más sabio, y aprendí a controlar las ganas de temblar producidas por solo dos palabras a media noche. Mantuve fija la mirada y el rumbo, las ganas, la esperanza y la conquista de mi corazón, el territorio más importante de mi vida.

 Una vez mas, aprendí que toda felicidad es efímera a la vez que eterna y que no hay nada más increíble y que cause más vértigo que una mirada que te roza el alma. Que uno más uno da la suma del número par más perfecto que existe, pero que solo el uno, es rígido y valiente para mover montañas. 

Decidí agarrar mis sueños y darles la libertad de una cometa. Sentir lo necesario y querer siempre a desmedida (siempre me gustaron los extremos) . Tracé los términos medios como territorio prohibido y dejé el miedo en la última noche que conseguí saber lo que significaba querer.

 La primera persona del singular me llamó cobarde y entonces, la atrapé por siempre. Tres puntos suspensivos me persiguen continuamente. Dicen, que todo nace y muere en ellos, que la vida es aquella sonrisa que empieza y acaba por algo y alguien en estéreo.